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Perón, los caballos y los hippies

Posted on: octubre 24, 2008

Le dijimos a Mercedes Sabaté -nuestra impertérrita columnista- que nos brindara una reflexión sobre un símbolo de la Historia Oficial Argentina. Todo terminó en Hippies. No sabemos por qué. Entrá y enterate!

Martes/miércoles, cuatro y media de la mañana, de la madrugada o de la noche. Los chicos ya están un poco (bien) copete y, no sé por qué, si por gula o por aburrimiento, hablamos de fiambres. Que la bondiola se hace con chancho, que el jamón con vaca y la mortadela con caballo. ¿Sabían que Perón prohibió por decreto la faena de caballos? ¿Sabían que Menem derogó ese decreto? Che, escribite una de Perón y la mortadela. No. ¿Por qué no? Porque no me interesa, y porque quiero escribir algo sobre los hippies.

 

Y yo quería escribir sobre los hippies. Y aunque no tenía una idea clara de qué era lo que quería decir de los hippies, lo sentía como una obligación moral, casi ideológica.

 

La última vez que fui de visita a mi pueblo natal, hace más o menos un mes, mi hermano y yo estábamos tomando mate con mi viejo cuando nos preguntó: Si pudieran elegir cualquier momento histórico para vivir, ¿cuál sería? Yo sería Monje en la Selva Negra, en la Edad Media (what the fuck??, pensé). Yo sería un Beatle, dice mi hermano, aunque sea Ringo, todo bien.

Yo me tomé un rato para decidirlo bien. No pude evitar el reflejo de montonera arrepentida y pensé en reencarnar en militante por la Patria Socialista. Pero no, mucha disciplina pa’ mi gusto. Media hora más tarde, cuando mi viejo y mi hermano hablaban ya de De Angeli, o de Moreno, o de Wilbur Smith, yo digo, casi grito: Hippie en San Francisco, seee. ¿Qué?, dicen.

 

Y bueno, parece que sí, que era cierto, en 1974 Perón, amante de los caballos, mediante el decreto 1591 prohibió en todo el país la matanza para faenamiento de ganado equino, machos menores de 12 años y hembras menores de 15. Y también parece que Alfonsín extendió la prohibición de faenar a todos los caballos, hasta que en 1995, una ley del Congreso de Charlie Saúl dejó sin efecto la última modificación. La ley 24.525 impulsó el “consumo, fomento y desarrollo del ganado equino y sus subproductos”. Pero todavía seguía vigente el decreto 1591/74, con la restricción de la edad. Entonces Charlie y un nuevo decreto, el 874, en 1998, que consistió en la derogación del 1591 del General. Marche una parrillada de potro para cuatro.

 

Pero yo quería escribir sobre los hippies. Me casi obsesiona la patada en el culo a los valores occidentales y cristianos, la revolución sexual, las drogas y las puertas de la percepción, el amor y la paz, Woodstock: la efeméride drogona del mes. Entre el 15 y el 17 de agosto de 1969 se celebró el festival que fue el acontecimiento más emblemático del Movimiento Hippie, que durante los tres días que duró reunió a ¡medio millón de personas! Acuérdense, el año que viene se cumplen 40 años y, paradójicamente con el rechazo de los hippies al consumismo, se van a publicar ocho mil suplementos y revistitas dedicadas a Woodstock.

 

Bueno, la cosa se pone interesante recién al final, porque parece que el mayor beneficiario del decreto 874/98 fue Ernesto “Tito” Lowenstein, que era el dueño de la empresa Paty y de tres frigoríficos dedicados al ganado equino, lo cual no está muy bueno porque haciendo una asociación bastante facilona empezamos a dudar de la composición de las legendarias hamburguesas burguesas. Este muchacho Tito también fue el creador del centro turístico “Las Leñas”, todo un emprendedor.

 

Pero yo quería hablar de los hippies. Y aunque sigo sin tener una idea clara de qué quiero decir, hay algo que tengo claro, y de ahí la obligación moral y casi ideológica de hablar de ellos. El Movimiento Hippie cambió la forma de vivir la juventud, que es la mejor etapa de la vida (ni te cuento si estudiás -o venís a- Periodismo, y siempre tenés tiempo libre). Después de los hippies, ser joven nunca volvió a ser lo mismo que antes de él. Se rompieron estructuras y se abrieron puertas. Nos dejaron un mundo con más libertad, y aunque los enemigos de la libertad hablen de libertinaje, nosotros no los escuchamos, ya sea porque no queremos, porque nos colgamos, o porque la música está muy alta.

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