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Nota de Opinión

Posted on: mayo 26, 2008

El futbol nuestro de cada dia

 

Entre 1924 y 2007 se produjeron en Argentina 226 muertes en incidentes relacionados con el fútbol. Son, sin duda, muchos muertos. Pero en términos relativos, no: son muchos menos que los provocados por el hambre y la desnutrición infantil; por los abortos clandestinos; por las enfermedades endémicas; por los accidentes laborales debidos a la desprotección de los trabajadores argentinos; o, peor aún, por la violencia policial o por el genocidio de la dictadura. Lo que une a todas estas muertes es su gratuidad: todas aquellas pudieron ser evitadas. Frente a cada muerte en el fútbol (como frente a cada herido, de gravedad o no) sentimos la indignación de lo gratuito, de aquello que no debió haber sido, pero que al serlo nos recuerda nuestra permanente condición de sociedad azarosa, donde la vida y la muerte no dependen de los contratos democráticos o de la voluntad colectiva.

Y sin embargo, al mismo tiempo, azar y gratuidad tienen un límite, que es la explicación y la intervención. La explicación, para comprender causas y arriesgar pronósticos; la intervención, que es siempre política para evitar nuevos pliegues, y en ese camino nuevos daños y víctimas. La violencia futbolística no es ajena a esa doble posibilidad. Aunque se empeñe en hacerlo.

La imagen idílica del señor cuarentón que lleva de la mano a sus hijos, con una banderita minúscula, ataviados con gorritos y camisetas de marca, se ve amenazada por los otros: las bestias de rigor, los barras bravas, los delincuentes que irrumpen en el fútbol argentino generando el peor de los flagelos: “la violencia”.

Las causas van más allá de unas cervezas y unos porros de más; apuntan a la incomprensión de los cambios radicales que ha sufrido la cultura futbolística, como toda nuestra cultura, a las anteojeras ideológicas que impiden ver más allá, a la ignorancia sobre los contextos económicos, políticos, sociales y culturales en que estos fenómenos se despliegan, a la ausencia de una teoría más general de la sociedad, la política y la cultura, que permita rodear de significación la violencia futbolística.

Diagnosticar excepción y recetar expulsión: si esa es la única fórmula a mano, estamos fritos.

Los últimos años no fueron productivos en políticas concretas para accionar en este tema, pero si comenzó una etapa necesaria de investigación y debate en la cual la participacion de todos, sera vital. 

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